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Ago
08

En España, el agua es un nuevo campo de batalla. (New York Times)

Por Elisabeth Rosenthal. Traducción de Pedro José Romero. 

Fortuna, España. Los caminos están jalonados por exhuberantes campos de lechugas e invernaderos de tomates. Nuevas y verdes urbanizaciones de lujosos chalets de color pastel seducen a los compradores del Reino Unido y Alemania. Campos de Golf -docenas de ellos, todos de construcción reciente- se extienden ante nosotros camino de las playas. Parece que por fin este escondido rincón del sureste de España está prosperando.
Tan sólo hay un problema con esta imagen de abundancia: la provincia de Murcia al completo se está quedando sin agua. Grandes áreas del sureste de España se están convirtiendo en desierto día a día, un proceso agudizado por el calentamiento global y un desarrollo mal planificado.



Murcia, tradicionalmente una región agrícola y pobre, ha sufrido en los últimos años un incremento espectacular en la construcción de urbanizaciones; al mismo tiempo, los agricultores han incrementado la superficie cultivada de regadío, animados por los anuncios de trasvases, hasta límites insostenibles. Todos estos factores han esquilmado la tierra y sus cada vez más escasas reservas de agua.
Este año, los agricultores compiten con los promotores urbanísticos por los derechos sobre el agua. Se disputan el agua para regar sus respectivos campos (agrícolas o de golf y chalets), y como muestra de su creciente desesperación, están comprando y vendiendo agua a precio de oro en un boyante mercado negro del agua, la mayoría de la cual proviene de pozos ilegales.
El sur de España está acostumbrado a padecer sequías de forma cíclica, pero la actual crisis de escasez, según los científicos, probablemente refleja un cambio permanente en el clima como consecuencia del calentamiento global. Y esto desencadena un nuevo tipo de conflicto.
Las guerras del pasado eran por el control de la tierra. Las guerras del presente son por el petróleo. Pero las guerras del futuro –un futuro mucho más caliente y seco por el cambio climático en la mayor parte del mundo– se centrarán en el agua, avisan los científicos.
“El agua va a ser la gran cuestión ambiental este año – el problema es inmediato y urgente”, dice Barbara Helferrich, portavoz de la Comisión de Medio Ambiente de la Unión Europea. “Si tienes cortes de agua en primavera, ya sabes que va a ser un verano realmente malo.”
Varios líderes mundiales estarán reunidos desde este Martes en la sede en Roma de la Organización para la Agricultura y la Alimentación de Naciones Unidas, para abordar una crisis alimentaria global causada en parte por las restricciones de agua en África, Australia y aquí en el sur de España.
El cambio climático signifca que el avance de los desiertos puede obligar a emigrar fuera de su tierra a 135 millones de personas, según estimaciones de Naciones Unidas, la mayoría de ellas en los países en desarrollo. Pero el sur de Europa está experimentando el problema ya mismo: su clima se está volviendo extremadamente seco, hasta el punto de parecerse cada vez más al del norte de África, según los científicos.
Para Murcia, la crisis del agua se ha visto acuciada por promotores y agricultores que se han embarcado en proyectos devoradores de agua altamente incompatibles con un clima cada vez más seco y cálido; cultivos como la lechuga, que necesitan un riego abundante, urbanizaciones que prometen una piscina en el jardín de cada casa, hectáreas de húmedos campos de gof que se beben millones de litros de agua cada día.
“He recibido grandes presiones para repartir más agua tanto por parte de agricultores como de promotores”, nos cuenta Antonio Pérez Gracia, el administrador del agua aquí en Fortuna, mientras toma café con unos agricultores en un bar del polvoriento casco urbano. Lamenta el hecho de sólo haber podido repartir a cada propietario el 30 por ciento del agua que les correspondería por derecho.
“No estoy seguro de qué haremos este verano”, añade, señalando que el acuífero local ha descendido tanto que pronto quedará por debajo del nivel alcanzable mediante bombeo. “Recibo muchas presiones para dar más agua, de agricultores y también de promotores. Pueden quejarse lo que quieran: si no hay más agua, no hay más agua.”
Rubén Vives, agricultor que depende como el resto de la magnanimidad del Sr. Pérez Gracia, dice que no puede permitirse comprar agua a los elevados precios del mercado negro. “Esto año, mi supervivencia está en peligro”, afirma Vives, que en la zona tiene cultivos de bajo consumo de agua, como el limón, desde hace casi dos décadas.
Los cientos de miles de pozos -la mayoría de ellos ilegales- que en el pasado propocionaron un alivio temporal a la sed de los campos han agotado los acuíferos subterráneos hasta un punto de no retorno. El agua del norte de España que se trasvasaba hasta aquí ha disminuido a su vez a niveles mínimos, al mismo ritmo en que las otrora húmedas provincias del norte se están secando también.
La vorágine del agua ha desatado escándalos y pasiones: algunos políticos y/o funcionarios locales están o han estado en la cárcel por cobros de comisiones ilegales a cambio de permitir urbanizar en lugares que no tienen garantizada agua suficiente. Chema Gil, periodista que ha sacado a la luz una de estas tramas delictivas, ha sufrido amenazas de muerte, lleva encima un spray de pimienta y es escoltado día y noche por la Guardia Civil, una fuerza policial con funciones civiles y militares.
“El modelo de Murcia es completamente insostenible”, nos cuenta el Sr. Gil. “Estamos consumiendo dos veces y media más agua de la que el ciclo natural de ésta permite recuperar. ¿De dónde sacamos la que nos falta? ¿La traemos de otro sitio? ¿Secamos completamente los acuíferos? Con el cambio climático estamos entrando en un callejón sin salida. Toda el agua que estamos usando para regar lechugas y campos de golf, la necesitaremos sólo para beber.”
Para afrontar esta crisis nacional, España se está convirtiendo en pionera en la materia, organizando una Conferencia Europea sobre el el problema del agua para este verano y anunciando un plan nacional de medidas inmediatas para frenar la desertificación. Este plan incluye la modernización de los métodos de riego a otros más eficientes, así como un programa extensivo de plantas desaladoras que obtengan el agua dulce que la naturaleza no proporciona.
El Ministerio de Medio Ambiente y Agricultura estima que un tercio del país corre el riesgo de convertirse en desierto debido a la combinación del cambio climático con el mal uso de la tierra. Pese a ello, las autoridades son más optimistas cuando se les pregunta sobre la ‘Africanización’ del clima de España -un término ahora común entre los científicos.
“Estamos en mucho mejores condiciones que Africa, aunque dentro de la Unión Europea, nuestra situación sea grave”, dice Antonio Serrano Rodríguez, Secretario General para la Tierra y la Biodiversidad del Ministerio de Medio Ambiente. No obstante, el Sr. Serrano y otras autoridades reconocen los principales puntos del problema: “habrá sitios en los que no se pueda cultivar nunca más, que fueron durante tiempo limítrofes al desierto y ahora ya son estériles. Tenemos zonas del país que están cerca del límite.”
A pesar de que el sur de España siempre ha sido seco y se ha visto azotado por sequías cíclicas, la temperatura superficial media en España ha ascendido 2.7 grados en comparación con los alrededor de 1.4 grados que ha aumentado esta magnitud a escala mundial desde 1880, según las estadísticas. Se prevee que las lluvias desciendan un 20 por ciente entre este año y el 2020, y un 40 por ciento hacia el año 2070, según las proyecciones de Naciones Unidas.
Los cambios producidos en la finca de la familia Almarcha en Abanilla a lo largo de las tres últimas décadas son un buen reflejo de este clima cada vez más caliente y seco. Hasta hace 20 años, en la finca crecían el trigo y la cebada, regados sólo por el agua de lluvia. Con la disminución de las precipitaciones, Carlos Almarcha, de 51 años, tuvo que cambiar el cultivo por almendros. Hace unos 10 años, sustituyó los almendros por perales y melocotoneros, “porque necesitan menos agua,” explica. Recientemente plantó oliveras e higueras, “que resisten bien las sequías y son menos sensibles al clima”.
El Sr. Almarcha participa en un sistema de venta de agua gubernamental iniciado el año pasado, en el cual los agricultores pagan hasta tres veces el precio normal (33 céntimos en lugar de 12 por metro cúbico) a cambio de poder disponer de más agua. Los precios del mercado negro son incluso mayores. Por eso ve el panorama sombrío. “Antes sabías que en esta semana, en primavera, llovería”, comenta enfundado en sus botas de campo, sobre el suelo agrietado de un olivar que hace tiempo fue un campo de trigo. “Ahora nunca sabes cuándo vendrá la lluvia, o si vendrá siquiera. Además, ya casi no hay invierno, y las plantas necesitan el frío para descansar. Por eso crecen cada vez menos. A veces nada. Incluso las plantas están confundidas.”
Al mismo tiempo que el Sr. Almarcha ha cambiado gradualmente sus cultivos por otros cada vez menos bebedores, los planes de trasvases del gobierno anterior incitaron a muchos agricultores a tomar el camino en dirección opuesta: cultivaron un amplio rango de frutales devoradores de agua y otros cultivos que nunca habían crecido en el sur. Murcia era conocida tradicionalmente por sus higos y dátiles.
“No puedes hacer crecer de forma natural fresas en Huelva -hace demasiado calor,” nos cuenta Raquel Montón, especialista en clima de Greenpeace en Madrid, refiriéndose a la cercana capital de las fresas de España. “En Zaragoza, que está en un desierto, cultivamos maiz, que es el cultivo que más agua consume. Es de locos. Lo único aún más disparatado que podría hacerse es construir casinos y campos de golf. Y qué casualidad, ¡es lo que hacen en Murcia!”
En el año 2001, una nueva Ley del Suelo en Murcia hizo mucho más facil a los residentes en esta comunidad vender sus tierras para la construcción de urbanizaciones. Aunque en el sur de España disponen desde hace mucho tiempo de completos sistemas para administrar su relativamente escasa agua, a día de hoy parece que todo el mundo haya encontrado formas de saltarse estos sistemas.
El césped de los campos de golf o las urbanizaciones asociadas a éstos son a menudo clasificados como un ‘cultivo’, proporcionando de esta manera a los propietarios derechos sobre un agua que de otra forma no podría ser destinada a mantener tales espacios de ocio verdes y húmedos. Los inversores extranjeros plantan unos cuantos árboles y llaman a sus chalets ‘fincas’, lo que les da derechos sobre el agua de riego, nos cuenta el Sr. Gracia. “Una vez que el propietario de un terreno obtiene esos derechos de agua, solicita una recalificación del terreno. Entonces pasa a tener un terreno urbanizable y un agua, que se supone que es para regar, pero que la gente usa para lo que quiere. Nadie se entera si la usa para llenar una piscina particular.”
Si bien el Sr. Gracia dice estar “del lado de los verdaderos agricultores”, no tiene personal para controlar cuánta gente usa realmente su cuota de agua en riego y quiénes la usan para otros fines.
Con tanto dinero en juego, algunos políticos y funcionarios dejan a un lado las leyes y se saltan las normas que promoverían un desarrollo sostenible, tal y como nos cuenta Chema Gil, el periodista, quien al principio fue vilipendiado por la sociedad y los políticos por escribir artículos críticos con estos comportamientos; aunque la actitud de esta misma gente está empezando a cambiar conforme se van dando cuenta de que realmente el agua se está agotando.
Pero incluso así, la gente y los políticos tienden a considerar el agua como un recurso ilimitado. “Los políticos piensan en bloques de cuatro años, por eso no pasa nada mientras no se agote el agua durante su mandato’, dice la Srta. Montón, de Greenpeace. “La gente piensa en el problema, pero no les importa lo que ocurra mañana. No se preocupan hasta que abren el grifo y no cae nada.”

Articulo publicado el 3 de Junio en el New york Times
Noticia aparecida en The New York Times

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